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Doctorado Acreditado por 4 años, hasta el 9 de mayo de 2028. Comisión Nacional de Acreditación CNA Chile.

La carpa azul: conversación con Elisabeth Simbürger

30 de Julio 2026

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A propósito de la reciente publicación del libro La carpa azul (2026, Ediciones UV de la Universidad de Valparaíso), conversamos con la socióloga Elisabeth Simbürger, profesora de la Escuela de Sociología de la Universidad de Valparaíso e integrante del claustro del Doctorado en Estudios Interdisciplinarios sobre Pensamiento, Cultura y Sociedad. En esta entrevista reflexiona sobre las políticas de la escritura académica, la hegemonía del paper como formato dominante y la necesidad de recuperar el afecto, la creatividad y la escucha como dimensiones constitutivas de la investigación, la docencia y la producción de conocimiento. La conversación se enmarca en la presentación del libro, que se realizará el martes 11 de agosto de 2026, de 12:00 a 13:00 horas, en la Sala 3.8 del edificio FACSO Hontaneda de la Universidad de Valparaíso. La actividad contará con una lectura performativa de la autora y con los comentarios de María Angélica Cruz (Escuela de Sociología, UV), Sibila Sotomayor (Escuela de Teatro, UV) y Gustavo Celedón (Escuela de Cine, UV).

El libro comienza con una pregunta aparentemente sencilla: ¿cómo escribimos en la universidad? En las ciencias sociales solemos pensar que la investigación va por un lado y la escritura por otro, como si la forma fuera apenas un vehículo para transmitir un contenido ya resuelto. ¿En qué momento esa pregunta deja de ser un problema de formatos —del paper, por ejemplo— y se convierte en un problema político (pero también poético) sobre la producción de conocimiento?

Bueno, tú mismo das la respuesta. Tu pregunta es muy buena y, de hecho, es la misma pregunta que el libro intenta discutir y que todavía sigue sin resolverse. Yo creo que, en el fondo, el libro sólo trata de visibilizar el elefante blanco en la sala. En las universidades siempre se habla de difundir el conocimiento hacia un público más amplio, pero, en la práctica, no se difunde nada, porque todo termina presentándose en formatos preestablecidos. Y eso no constituye realmente una forma de comunicación. Existe un formato prácticamente único: el paper, tal como tú dices.

Entonces, como no hay una discusión epistemológica previa sobre la relación entre el contenido y la forma, nunca llegamos a preguntarnos: ¿de qué tipo de conocimiento estoy hablando en mi investigación?, ¿cómo suena ese conocimiento?, ¿qué formato requiere? Esa discusión simplemente no existe.

A las y los investigadores ni siquiera se les permite hacerse esa pregunta, porque los sistemas de evaluación asignan el máximo puntaje al paper y estandarizan la producción académica en torno a ese formato, en desmedro de otros que han quedado a la deriva, como el ensayo, el capítulo de libro o el libro mismo. Ni hablar de otras formas de escritura que pueden acercarse más al informe o incorporar prácticas de investigación artística, y que ya no encajan en esos formatos previamente legitimados.

En La carpa azul hay una dimensión claramente literaria que atraviesa el ensayo. Pienso en la propia imagen de la carpa, que remite al cuarto propio de Virginia Woolf como un espacio necesario de cuidado y autonomía para pensar y escribir; también en los poemas que funcionan como umbrales entre capítulos y en la forma en que los autores aparecen casi como personajes que dialogan entre sí mediante ese recurso ficcional. La literatura lleva mucho tiempo pensando la violencia de la burocracia. Quizás uno de los casos más emblemáticos sea el de Informe para una academia de Kafka, donde el simio aprende el lenguaje de la academia y, en ese proceso, pierde algo de sí mismo. Hoy, entre la estandarización del paper y la irrupción de la inteligencia artificial, pareciera que la escritura académica avanza hacia formas cada vez más homogéneas y menos sensibles. ¿Cómo imaginas una escritura académica capaz de resistir esa homogeneización y seguir siendo un espacio para la experiencia, el afecto y la escucha?

Justamente, yo no soy la única que ha hecho este ejercicio para aplicarlo a la academia. Antes hubo otros que reflexionaron sobre sus propias profesiones. Pienso en Kafka o en Enrique Lihn, cuando habla de la "musiquilla" de los poetas. Cada profesión termina experimentando una cierta osificación respecto de lo que alguna vez fue su aspiración inicial como forma de expresión.

En mi caso particular, este libro no nació porque un día me dieran ganas de escribir un libro. Surgió desde un sufrimiento muy profundo, porque hubo un momento en que ya no quería seguir siendo académica. Ese cuestionamiento todavía me acompaña. Me sentía tan encasillada que ya no quería escribir.

Perdí las ganas. Como digo en el libro, cuando se pierde el placer creativo de escribir, porque toda escritura se transforma en un acto mecánico, se pierde algo muy importante. En ese sentido, la escritura de este libro también fue un acto de liberación. No lo escribí para nadie, no tenía financiamiento; simplemente lo escribí.

Ese proceso me permitió reencontrarme con una creatividad que había perdido en la osificación académica, o quizás incluso antes, durante la formación escolar. Creo que una de las cosas que muestra el libro es que sí es posible conectar el análisis intelectual con la creatividad.

Mi argumento principal es que, cuando escribimos desde otros registros —quizás más literarios, con otras tonalidades y otros colores—, no lo hacemos por una razón meramente estética. Lo hacemos porque el propio objeto de investigación lo exige.

Los cerros de Viña del Mar después de los incendios, cubiertos de cenizas, o cualquier territorio en Chile atravesado por las inundaciones, requieren otras formas de describir esa realidad. ¿Cómo se transmite la experiencia de caminar sobre el barro? Esa experiencia no puede reducirse únicamente a cifras o a relatos desprovistos de sensibilidad.

Entonces, la pregunta es cómo articular el rigor analítico con otra forma de comunicar. Uno de los principales problemas de la escritura académica es que no puede escucharse. Uno escucha la lectura de un paper en un congreso y, a los dos minutos, se queda profundamente dormido, porque esas voces resultan imposibles de seguir. Por eso se necesitan otros registros, formas de escritura que lleguen a los lectores y que les permitan acompañar el ritmo de lo que se está pensando.

En distintas partes del libro aparece la idea de la necesidad de volver a escuchar lo social. Escuchar parece ser una acción contradictoria hoy en día en que todo es aceleración, producir resultados y generar el “ruido” del impacto académico. ¿Cómo abordamos esta idea de que la universidad ha perdido su capacidad de escuchar, su falta de resonancia con lo social?

Sí, otros autores, como Hartmut Rosa, han hablado de la aceleración y de la pérdida de la resonancia. Creo que ese también es un problema fundamental en la academia: estamos hablando, pero nadie escucha. Uno se pregunta por qué esa situación no genera una crisis más profunda, cuando resulta tan evidente.

Al mismo tiempo, trato de mostrar, sin nostalgia, la dimensión material del trabajo académico. Aunque hago un llamado a escribir desde otras tonalidades y otros registros, soy muy consciente de nuestro rol como académicas y académicos, es decir, como trabajadores.

Muchos académicos se perciben como si fueran independientes o autoempleados, pero somos trabajadores: tenemos un sueldo y trabajamos dentro de una lógica determinada. Por supuesto, también debemos cumplir con las exigencias de ANID, con los criterios de evaluación y con las normas de escritura de las universidades, porque, al final, también hay que llevar el pan a la mesa.

Por eso sería demasiado sencillo, e incluso simplista, concluir que deberíamos dejar de escribir papers para dedicarnos únicamente a escribir en otras tonalidades. En realidad, lo que el libro plantea es la necesidad de un cambio mucho más sistémico, un cambio en las políticas del conocimiento.

Mientras esas políticas no reconozcan ni otorguen valor a otras formas de escritura, seguiremos perdiendo la razón principal por la que existen las universidades. Porque, al final, ya no hay comunicación: sólo hay textos que, en el fondo, nadie logra leer.

Uno de los aspectos más sugerentes del libro es la invitación a recuperar una escritura abierta a lo sensible, una escritura capaz de resonar con las experiencias que investiga. Durante mucho tiempo, las ciencias sociales heredaron la idea de que el investigador debía mantener una distancia afectiva respecto de su objeto de estudio, como si el conocimiento dependiera precisamente de esa separación. Sin embargo, tú muestras cómo la pandemia puso en evidencia los límites de ese supuesto: las desigualdades estructurales —especialmente las que afectaron a muchas académicas, obligadas a compatibilizar investigación, docencia y labores de cuidado— atravesaron de lleno la producción de conocimiento. ¿Qué cambió, a partir de esa experiencia, en tu manera de entender la relación entre afecto, escritura e investigación?

Sí, yo creo que la pandemia puso en evidencia algo que ya existía: esa desigualdad, que también es una desigualdad de género, en las condiciones de quienes producen conocimiento académico. Pero, sobre todo, dejó al descubierto una separación fundamental —que atraviesa a todos los géneros— entre la máquina que soy yo como académica y mi objeto de investigación. Aunque, como tú dices, vivimos en tiempos postpositivistas, esa transformación no se refleja en nuestras formas de investigar, ni tampoco en los tiempos de los que disponemos para hacerlo.

Creo que la pandemia nos mostró, ante todo, la necesidad de defender lo sensible: los encuentros personales, el arte y aquellas metodologías que, ahora con la llegada de la inteligencia artificial, no pueden fingirse tan fácilmente ni ser reemplazadas por ella.

También intensificó una pregunta fundamental: ¿qué tipo de conocimiento es el que realmente valoramos? ¿Qué entendemos por conocimiento valioso?

La carpa azul, para volver a esa metáfora, funciona como una imagen desde la cual uno puede impulsarse, casi como desde un trampolín. Pero también surge de una experiencia muy concreta: necesitamos más tiempo. No sólo las mujeres en la academia; todas y todos necesitamos más tiempo creativo, un tiempo fuera de la máquina, un tiempo no funcional, no únicamente como funcionarios o funcionarias, sino también como académicas y académicos creativos.

Por eso la carpa azul reúne la idea del ocio productivo. Puede ser esos quince minutos en que camino entre Colón y El Litre, mirando vitrinas o simplemente deambulando, y de pronto conecto esa experiencia con mi investigación. O puede ser el momento en que me tomo un café, o me quedo sentado en un sillón leyendo algo que no tiene ninguna relación directa con el tema que investigo.

En esos pequeños viajes —por eso hablo de ocio productivo— siempre queda algo. Y ese resto, esa experiencia, es precisamente lo que después podemos transformar en investigación y en creatividad.

El libro tiene también una dimensión autoetnográfica: tu propia experiencia como investigadora y docente no aparece como accesorio, sino es parte esencial de la reflexión. A partir de tu trabajo en la Escuela de Sociología y en el Doctorado en Estudios Interdisciplinarios, ¿qué relación observas entre las formas de enseñar y las formas de escribir e investigar? ¿Percibes en las nuevas generaciones una disposición distinta para imaginar el llamado a “otra manera de hacer universidad”, donde la interdisciplina no sea únicamente un cruce entre disciplinas, sino también una práctica de la escucha, del cuidado y de lo sensible?

Claro. Te agradezco que menciones la adolescencia porque, como decía Joseph Beuys, "teaching is my greatest work of art"; es decir, la docencia es mi mayor obra de arte.

Creo que ese es el lugar que la docencia debería volver a ocupar en las universidades, porque hoy lo ha perdido. ¿Y qué tiene que ver lo sensible con la docencia? Muchísimo. Más aún en un momento como el actual, marcado por la irrupción de la inteligencia artificial.

Precisamente porque estamos enfrentando ese desafío, necesitamos volver a lo sensible, al arte, a la estética, a todo aquello que resulta más tangible y que permite enseñar desde otro lugar, para llegar a lo más profundo de las y los estudiantes.

Estamos hablando, además, de una universidad pública y estatal, donde llegan muchos estudiantes que no han tenido una formación escolar privilegiada, como consecuencia de las desigualdades del sistema educativo chileno. Justamente por eso, una perspectiva que da lugar a lo sensible deja de ver a los estudiantes como sujetos deficitarios y comienza a relacionarse con ellos desde sus propias capacidades de producción. Porque todos los estudiantes pueden producir conocimiento.

Entonces, si un estudiante alguna vez disfrutó escribiendo canciones o poemas, creo que es hacia esa pasión a la que debemos volver. Hay que reconectar con ese deseo de escribir y, desde allí, tender un puente hacia lo académico, y no al revés.

Entrevista por Fabián Videla